Sopars literaris amb Xavier Moret Ros

Si de adivinar pasiones se trata, Xavier Moret no lo pone difícil en absoluto. Se presenta con pantalón de poliéster y algodón, múltiples bolsillos, ajustes en los tobillos, calzado cómodo y deportivo y jersey amplio. La indumentaria no debe diferir mucho (digo yo) de la usada en sus visitas al delta del Okavango o al acantilado que da acceso al país de los dogón, aunque, como no podía ser menos, aparece aquí limpio y aseado que, por lo que escribe, no es condición habitual en sus andanzas africanas donde una ducha de agua fría se percibe, en ocasiones, como un sueño muy, pero que muy lejano.

En efecto, Xavier Moret es escribidor y viajero a partes iguales. Quizás, llegó primero a la escritura y la casualidad o el destino le empujaron al viaje, pero en los últimas décadas ambas actividades coexisten en él sin envidias ni desacuerdos: primero viaja y luego escribe; a veces, escribe viajando; otras, comenzó a escribir antes de iniciar el periplo, siguiendo el consejo del maestro Azorín: cavilar antes de contar. En fin, que cuando Xavier se sienta a la mesa y deja que su bonhomía inunde la sala, lo primero que le viene a la boca resulta ser: “Ahora vengo de la Antártida” y lo dice como quien viene de Madrid o de Guadalajara, que es ciudad pequeña y poco mencionada. No hay en la afirmación el menor atisbo de soberbia. Al contrario, su rostro impactado por un bigote de explorador y una frente amplia, (carácter éste relacionado desde antiguo con la facilidad en el aprendizaje de las lenguas que en este mundo coexisten -después de lo de Babel, claro está, que antes la cosa parecía más homogeneizada-), el gesto relajado y la mirada inquisitiva se preparan para dar cuenta, como ocurre en sus libros, de sucesos, relatos, acontecimientos, desvíos, sorpresas, trasiegos, mudanzas, amistades e imprevistos. Nos enteramos así, de la enfermedad de una pasajera en el barco, lo que provoca un retardo de la ansiada llegada al continente helado, cuando el capitán decide dar la vuelta y no arriesgarse a alejarse más allá del punto de no retorno para los aviones. La expresión “no retorno” que Xavier pronuncia con naturalidad, sin impostura alguna, provoca el horror temprano de los aerofóbicos (los que volar creen asunto de aves de diferente tamaño) presentes en la sala, entre los que se encuentra un servidor de ustedes. Cuando vuelve nuestro invitado a pronunciar “la Antártida” los ojos se le llenan de un resplandor azulado, del color del hielo sin nieve propio de las planicies congeladas y las historias se suceden sin descanso: aquella del tipo, segundón pero persistente y miope, que carga con cinco huevos de pingüino emperador por medio mundo; esa otra, de las auroras boreales islandesas, lugar donde el escritor-viajero ostenta con orgullo el nombramiento de “Vikingo de Honor”, título no retribuido, imagino, aunque tan deseable, sino más, que los otorgados por el letrado rey de Redonda; hoteles fineses de acristalados techos; cumbres heladas de países en guerras eternas; genocidios olvidados para algunos y presentes para otros; paseos por el acrópolis donde todo comenzó; y por Roma y sus iglesias interminables; cafés en los que el ristretto se eleva a la categoría de arte; islas mitificadas en que comienza realmente el azul; América, América y viajes en familia; ingenieros bostonianos afincados en Catalunya con hijos manirrotos; templos birmanos incendiados de olores intensos; ciudades perdidas de nombres evocadores (Pitsalanouk, Lopburi); y África, siempre África; África de ida y vuelta; África de baobabs y de pobreza; África de diamantes y de coltan y de uranio y de gas y de esmeraldas y de petróleo y de zafiros y de fósforo y de pobreza; África de paisajes serenos e inolvidables y de guerras; África de animales de infancia y de matanzas; África de chinos y de americanos y de europeos y de africanos pobres; África de sonrisas y de vientres hinchados; Áfricas masacradas y Áfricas por masacrar…

Y entre plato y plato, libros y más libros: los Durrell, el pequeño y su Cuarteto de Alejandría o su trilogía mediterránea, y el mayor, autor del explicativo Mi familia y otros animales, Lacarrière y su Verano griego, la sthendaliana promenade por Roma, las crónicas misioneras de Mr. Livingstone (supongo), el sueño celta de un asesino belga, historias tristes del pueblo armenio…

En definitiva, que cuando nos estrechamos la mano antes de salir a la fría estepa gironina, los efluvios del alcohol contenidos (como corresponde a gente bien), reconocemos los unos en los otros la pasión por los viajes y por los libros, y no proclamamos amistad eterna a los cuatro vientos porque hace un frío que pela y no está la noche para soflamas ni alardes oratorios. Para más inri, la radio del coche me recibe con la aguardentosa voz de Sabina:

Cuando era más joven, viaje en sucios trenes que iban hacia el norte y dormí con chicas que lo hacían con hombres por primera vez…

Y si, inflamado el espíritu y con renovados bríos, no engancho el primer tren con destino a la Antártida que salga de la estación, se debe a que los mossos deciden comprobar mi nivel de alcoholemia. Como pueden ustedes suponer, el viaje al sur se complicó sobremanera…

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